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DEJA DE POSTERGAR TUS PROPÓSITOS


Propósitos



Cada vez que comienza un año o se cumple un ciclo determinado, nos fijamos la tarea de llegar a un objetivo que nos genere un cambio positivo; dejar de fumar, hacer más ejercicio, levantarse más temprano y un sinfín de propósitos que al cabo de unos meses se va diluyendo por falta de motivación o por falta de tiempo.


El tiempo, ¡cuánto se habla de él! Si nos ponemos a pensar por un breve momento, lo encontramos en todas partes. Es un concepto omnipresente: El tiempo marca nuestras historias y vivencias; determina nuestro lenguaje; define nuestras actividades… Pero también es el centro de nuestras excusas para no lograr esas metas que en aquel lejano inicio nos propusimos llegar.


El tiempo está presente en el trabajo, el ejercicio, en nuestros pasatiempos; nuestras actividades más importantes están determinadas por el uso de un calendario o de un reloj, objetos con los que lo medimos físicamente; aunque también está ese tiempo subjetivo, es decir, de nuestra propia percepción de este.


¿Pero por qué nos falta tiempo? ¿Cómo podemos iniciar o terminar nuestros propósitos?


Para todas las personas el tiempo es implacable. No podemos detenerlo, ni alargarlo, mucho menos aplazarlo. Es irremplazable y equitativo, solo hay un momento igual para todas las personas, por lo tanto es algo escaso.


Existen muchas estrategias y herramientas que pueden ayudar a distribuir nuestras actividades dentro de una jornada específica, es decir, en administrar nuestro tiempo. Sin embargo, es evidente —y quizá tú lo has constatado en carne propia— que se necesita un empujoncito más para poner manos a la obra en este aspecto de la gestión del tiempo.


Tal vez no sea la “falta de tiempo” o la poca motivación lo que determina si cumplimos con nuestros propósitos. Dice Piers Steel en su libro “The Procrastination Equation” (2010) que postergamos o aplazamos nuestras actividades por una falta de disciplina y que realmente algo de la actividad que nos llevará a la meta nos abruma, molesta o de plano nos da flojera.


Steel agrega que vivimos en una sociedad en la que se promueve que trabajar es lo mejor, pero que es duro y es difícil, por lo tanto, es “bien visto” que las personas debemos estar ocupadas “todo el tiempo”, sin embargo, nos abruma y molesta cualquier actividad complicada. Por esto, se percibe que nos rodea una inmensidad de actividades y responsabilidades, sin embargo, postergamos y nos excusamos de que “no tenemos tiempo” para esos propósitos personales que nos habíamos puesto al inicio.


Es innegable que la falta de tiempo para iniciar o terminar algo que queremos son las interrupciones y las fugas de tiempo. Las primeras, son aquellas que se anteponen a nuestros intereses, algo inesperado o no programado, sea en tu casa, en la oficina o en otro lugar en donde convivimos. Y las fugas de tiempo las podemos evidenciar cuando, por ejemplo, en el trabajo, nos preparamos un café, revisamos nuestras redes sociales o alguna otra actividad que están dentro de nuestro día a día que de alguna manera interrumpe con la tarea que estamos haciendo. Claro esta que, si llegan esas interrupciones, ¡las aprovechamos para seguir postergando!


¿Cómo dejar de postergar mis actividades y esas metas a las que se quieren llegar?


Anteriormente, hablé sobre tener disciplina y es muy cierto. Cualquier actividad, meta, propósito que emprendamos hacer lo necesita. Y para gestionar nuestras actividades y “tener tiempo” para todo aquello que queremos cumplir, sea en el trabajo, la familia o nuestra propia persona requiere de actitud, organización y cambiar nuestras costumbres y hábitos… ¡disciplina!


Ahora bien, la palabra disciplina tiene una connotación dura, pero, ojo, cabe recordar que vivimos con esa idea de que “trabajar es duro y difícil”. Rompamos con ese paradigma y pensemos que la disciplina es simplemente ajustarse a un ritmo que deseamos y manejamos según nuestras necesidades y esos propósitos que buscamos.


Steel comparte tres hábitos para dejar de postergar y mejorar la gestión del tiempo:


1. Planear: para ello, primero hay que dividir en bloques el tiempo que se tiene en un día, semana o mes; de esta manera, se visualiza el trabajo para no postergar. Se puede utilizar una agenda, calendario o lo que sea para apuntar las actividades y pendientes. Muy importante: hay que agendar espacios, no tareas, es decir, plantearnos qué vamos hacer en cierta hora; qué hay pendiente; qué queremos hacer primero, etc.


2. Priorizar: o sea, qué importancia y urgencia tiene cada actividad que tienes en tu planeación. Es importante tomar en cuenta que es necesario olvidar la idea de estar en ocupaciones todo el rato, porque eso abruma y estresa. Cuando le damos una prioridad a las actividades notaremos que el tiempo se va despejando para otras que tenemos pendientes o que deseaos hacer, pero que nos excusábamos por “no tener tiempo”.


3. Cambiar nuestro lenguaje: evitemos esperarnos con el “tengo que…” para aquellas actividades y tareas del día a día. Estas expresiones están tan infundadas en nuestra cultura que lo único que logramos es decirle a nuestra mente que “si no lo hago, soy mala persona” y por lo tanto nos presionamos, nos sentimos con una obligación, nos estresamos y al final volvemos a postergar. Usemos expresiones como “quiero hacer”, “escojo hacer”, “decidí hacer”, “voy a…”, etc. Este cambio de lenguaje nos dará la capacidad suficiente para aprender a elegir, nos motiva y empodera.


Y por último, como un extra:

Darse un tiempo libre: centrar nuestra planeación alrededor del tiempo libre que tenemos disponible. Ese espacio es el único que tenemos para dedicarlo solo a nosotros; por eso, es el más importante. Ese tiempo para dedicarlo a la familia, a las amistades, a lo que realmente nos gusta y nos llena como personas.



Por: 

MCE. Humberto José Rivera Montoya.

Generador de Contenidos en MÁS Virtual.



Para saber MÁS:

Steel, Piers. “The Procrastination Equation: how to stop putting things off and start getting stuff done”. New York: Harper, 2011.

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